domingo 23 de enero de 2011

Lujambio y el trámite más inútil. Periódico La Crónica

Saúl Arellano, Opinión. Domingo 23 de Enero, 2011
http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=556154

En el año 2008 se emitió el dictamen oficial de los ganadores de la convocatoria lanzada por Felipe Calderón, para identificar el trámite más inútil de la administración pública federal.

De manera lamentable esta convocatoria se realizó sólo un año, quizá debido a la enorme cantidad de trámites que la ciudadanía identificó, con justificada razón, como verdaderos monumentos al absurdo y obviamente como generadores inagotables de pérdida de tiempo y en no pocos casos como fuentes de corrupción.

En ese tenor no es exagerado decir que la SEP es una de las dependencias en las que siguen existiendo una gran cantidad de trámites absurdos e inútiles. Algunos se encuentran arraigados en las estructuras más elementales de los procesos administrativos y otras definitivamente están al nivel del propio titular de la dependencia.

Recientemente pude constatar personalmente algunas de esas situaciones absurdas. Por ejemplo, hay modalidades de formación avaladas por la SEP en donde se exige, para llevar a cabo la inscripción a una carrera universitaria, que se presente el original del Certificado de Secundaria; el Original del Certificado de la Preparatoria y sus respectivas copias fotostáticas. Sin embargo, como las autoridades educativas no confían ni en sus propios documentos, se pide que las copias fotostáticas estén certificadas nada menos que ante un Notario Público. Si esto se va a requerir, ¿para qué emite la SEP certificaciones que después no va a reconocer como válidas en sus formatos originales?

Los absurdos no paran ahí; si por ejemplo, Usted terminó una carrera universitaria y cuenta con título y cédula profesional, puede inscribirse a cursos de posgrado; sin embargo, si quiere estudiar una segunda carrera, no le basta presentar estos documentos, sino que una vez más, le pedirán certificado de secundaria y preparatoria; como si el título y la cédula no acreditaran que Usted ya cursó los grados previos.

Tal vez la razón de este rigor se encuentra en el hecho de que la SEP no ha sido capaz de erradicar y controlar la emisión de títulos y certificados falsos; por ejemplo, es asunto de todos sabido que en la plaza de Santo Domingo, ubicada a unas calles de la SEP en el Centro Histórico de la Ciudad de México, se siguen vendiendo certificados de todo tipo con sellos originales de esa dependencia pública.

Hay otras circunstancias que por su dimensión histórica pueden ser dignos competidores a ser “reconocidos” como el trámite más inútil en los últimos cien años. Por ejemplo, todos aquellos relacionados con la celebración del Bicentenario y del Centenario, que como se vio en su momento, terminaron en la organización de una kermés aldeana, en lugar de eventos de reconciliación y dignificación nacional, para responder a la magnitud de la importancia que estas celebraciones exigían.

La lista de trámites inútiles al interior de la SEP es interminable. Por ejemplo, si Usted es profesor de tecnologías de la información en una secundaria técnica, el examen de carrera magisterial que le aplicarán está basado en preguntas relacionadas con industria del vestido, carpintería y otras materias que seguramente de mucho ayudarán cuando enseñe computación a los estudiantes.

Lo preocupante de estas y muchas otras circunstancias es que Felipe Calderón nombró a Lujambio como secretario de Educación con la mera intención de posicionarlo como precandidato a la Presidencia de la República, sin mayor mérito que el de ser uno de sus “cercanos”.

Lo cierto es que, a dos tercios del sexenio, la educación en México sigue siendo una calamidad, y que empeoró desde la llegada de Lujambio a la SEP. El desorden administrativo es mayor, la transparencia de la dependencia se redujo, mientras que problemas de la magnitud del analfabetismo, en el que se encuentran casi seis millones de mexicanos, siguen siendo una verdadera vergüenza para el país.

Tenemos un número ridículo de bibliotecas públicas per cápita, amén de su pésima calidad; la infraestructura escolar está literalmente en ruinas en muchas regiones. Hay escuelas sin mesas, ventanas, pizarrones o sillas decentes, y el secretario Lujambio sigue diciendo que ahora tenemos una educación altamente tecnificada.

Las escuelas públicas carecen de las adecuaciones indispensables para la plena integración de las niñas y niños con discapacidad; menos del 30% de las escuelas educación básica cuenta con internet y computadoras para el uso de todos sus estudiantes; esto sin considerar la pésima calidad de los equipos.

Agravia el silencio de Lujambio ante declaraciones como la realizada por el Gobernador de Guanajuato, proponiendo enseñar religión católica en las escuelas públicas; y todo, porque es uno de los gobernadores con mayor peso en el PAN y Lujambio no quiso confrontarlo, no sea que logre, para terror de todos, la candidatura a la Presidencia y no cuente con el apoyo de todos los miembros de su partido.

Lo cierto es que Lujambio ha sido quizá el peor Secretario de Educación de las últimas décadas. Muy lejano está de nombres del calibre de Justo Sierra, José Vasconcelos o Jesús Reyes Heroles, ante quienes este personaje no hace sino confirmar que quizá el trámite más inútil del sexenio haya sido nombrarlo en el cargo que hoy tiene.

sábado 8 de enero de 2011

Calderpon y los síntomas de un gobierno enfermo. Periódico La Crónica

Sostenía el filósofo Nietzsche que para ser lo que es, la modernidad requiere de tanta enfermedad y decadencia, como los griegos antiguos exigían el exceso de la fuerza y la vitalidad. En nuestros días, es difícil encontrar una idea que nos ayude a comprender mejor lo que está ocurriendo con el gobierno de Felipe Calderón y en general con el sistema político mexicano.

Los cambios que anunció la Presidencia de la República el pasado viernes 7 de enero confirman el proceso de descomposición en que se encuentra la administración, ante el inexplicable regocijo presidencial y su embustera publicidad a través de la cual pretende hacer creer a la población que todo va bien y que es cuestión de tiempo para comenzar a ver resultados positivos.

En una reciente entrevista, el maestro Carlos Fuentes sostenía que el mayor problema de Calderón consistía en lo “chato” de su Gabinete; elegido así, en palabras del escritor, porque pareciera que Calderón integró un equipo de trabajo en el cual ninguno de sus colaboradores podía ser mejor que él.

Tal diagnóstico habla de la llana medianía del primer mandatario, con las funestas consecuencias que tiene para lo que es deseable y exigible en una República que aspira a vivir con base en el apego irrestricto a la que establece nuestra Constitución.

En efecto, en la Presidencia y su gabinete se expresan los peores valores de una sociedad decadente: defensa a ultranza de una economía rapaz diseñada para generar explotación y reproducir la miseria; ataques constantes a las libertades, con especial énfasis en contra de aquellas relacionadas con la vitalidad sexual y la fuerza física; renuncia explícita a una sociedad cimentada en los derechos humanos y, sobre todo, la renuncia definitiva a la búsqueda de la excelencia.

Si se piensa en la educación, por ejemplo, Calderón y obviamente el secretario Lujambio, bien podrían ser acusados de ser corruptores de la juventud. Condenar a millones de niñas, niños y adolescentes al aprendizaje de una decadente visión del mundo —además de que se enseña mal— implica condenarlos a repetir la mediocridad de la dirigencia política que hoy toma las decisiones en el país.

En materia de salud es complicado encontrar un contrasentido mayor cuando se piensa en términos de lo que es una República. La enfermedad generalizada entre la población, no es sino el síntoma mayor de un gobierno incapaz y de un sistema político en descomposición.

Ahora que la Presidencia se empeña en insistir en que se está cerca de la cobertura universal en salud, vale la pena recordar que las principales causas de enfermedad y muerte en México están asociadas precisamente con la obesidad y la violencia; es decir, dos fenómenos de salud pública que son altamente prevenibles, pero más aún, fenómenos cuya presencia nos muestran el tipo de valores y prácticas que rigen nuestras vidas.

Sabemos que al menos dos de cada tres mexicanos viven con sobrepeso u obesidad; que los accidentes, homicidios y suicidios son las primeras causas de muerte entre los jóvenes de 14 a 19 años; y que las cardiopatías matan más que el cáncer. Ante ello, si se reflexiona con seriedad, cabe perfectamente pensar que vivimos en una sociedad de perezosos e intemperantes, si se piensa, por ejemplo, desde Aristóteles.

Una sociedad así no es sino producto de años de descomposición, pobreza y hambre, tanto física como espiritual, en cuya cúspide nos encontramos con los gobiernos del PAN. Que personas como Vicente Fox y Felipe Calderón puedan ser presidentes de México, habla de la profunda corrupción ética que priva en México.

En efecto, ambos mandatarios no son producto de la “evolución democrática”, sino antes bien, constituyen el mayor síntoma de lo lejos que estamos de una República vigorosa, fuerte, decidida por todos los medios a vivir de la mejor manera posible con base en valores vitales, festivos y de potencia
espiritual.

Ante la desbocada carrera electoral que ya inició rumbo al 2012, las y los mexicanos tenemos la responsabilidad de levantar la mirada y exigir a quienes aspiren a gobernarnos, ser personas ejemplares: verdaderos líderes cuyas acciones estén caracterizadas por la inteligencia y la probidad ética.

Lo mismo aplica para quienes busquen ser candidatos y representantes de la Nación. No podemos aceptar más a una runfla de incompetentes que lo único que buscan es el enriquecimiento, la fama personal y el poder de la impunidad, tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado de la República.

No podemos seguir tolerando un IFE cuyos consejeros están muy lejos de representar a lo mejor de las virtudes ciudadanas. Más allá de cargos y posiciones que les han dado antes de esta responsabilidad sus jefes políticos, ninguno de los consejeros de ese Instituto han acreditado una vida de excelencia ciudadana que permitiera al menos justificar sueldos de nueve mil pesos diarios.

Nuestro Gobierno está enfermo y parece que ha caído en “fase terminal”. Lo que los ciudadanos no podemos permitir es que nos arrastre en su incapacidad y mediocridad, y peor aún, que nos lleve a la destrucción institucional de la República. Ese es, definitivamente, un lujo que no podemos darnos.

sábado 1 de enero de 2011

Juan María Alponte, un hombre sabio. Periódico La Crónica de Hoy

Saúl Arellano. Opinión. Domingo 2 de Enero, 2011http://www.cronica.com.mx/notaOpinion.php?id_nota=552566
Nos dice George Steiner en su texto Lecciones de los maestros, que el profesor no es más, pero tampoco menos que un auditor y mensajero cuya receptividad inspirada y después educada le ha permitido aprehender un logos.
Aprender un logos implica tener la capacidad de desentrañarlo, y en consecuencia, de comunicarlo, a pesar de los escépticos. La aprehensión consecuente de tal logos, el ser depositario de una forma de racionalidad, es decir, de una forma de comprender y codificar al mundo, convierte al profesor en custodio de una o de varias tradiciones.
En México hemos tenido grandes profesores, inspirados sin duda, que han cumplido con gran dedicación con su responsabilidad pedagógica. Reconocerlos es reconocernos todos en una comunidad compartida de pensamiento crítico; porque es en el proceso dialéctico del lenguaje y la acción comunicativa, en donde el logos se pone en movimiento y se concreta como tal.
Cuando el profesor es además de un depositario del logos, un generoso cómplice de la formación de mentes jóvenes, y cuando tal generosidad está acompañada de humildad, el profesor asume la posición, casi siempre involuntaria, de mostrarse como un verdadero filósofo, un amante continuo de la sabiduría.
Ser sabio es mucho más que estar en simple posesión de la sabiduría; porque poseerla exige cultivarla, alimentarla y ser respetuoso de sus exigencias: disciplina, pensamiento crítico, lecturas y reflexiones interminables, pero sobre todo, el ser consecuente con una infinita vocación de habla; de ser siendo dado, como expresaría bellamente Jean-Luc Marion.
Juan María Alponte ha escrito a lo largo de su vida en distintos diarios y cuenta con una portentosa obra de al menos 35 títulos, casi todos publicados por nuestra UNAM; a lo largo de su trayectoria ha acreditado no sólo una brillantez excepcional, sino ante todo una enorme capacidad de sintetizar lo complejo.
De manera afortunada, llegó a mis manos recientemente su Homero entrevista al mundo, libro prologado por Otilio Flores, amigo y profesor de gran lucidez. En él, Alponte sintetiza su visión de la vida y de la realidad, maravillosamente narrada a través de los ojos de Homero.
No se trata sólo de un ejercicio literario de una imaginación inaudita (imaginación, término aristotélico de alcances mayores); en el libro se nos abre una mirada universal a muchas de las cuestiones que nos son o deberían sernos, problemáticas en nuestro mundo atribulado.
Ahora que estamos a una década de lo que Alponte ha llamado el siglo de los totalitarismos, podemos ver a través de su obra justamente el retrato de una familia universal babélica, confusa y confundida en sus lenguajes, pero también en su noción de sí misma; en su incapacidad de comprender que la humanidad es una y que requerimos de una nueva ética de alcances globales a fin de recomponer el sentido de lo que somos y podemos ser.
Comprender nuestro tiempo en clave de barbarie constituye un reto de enormes consecuencias porque nos sitúa, como expresaría Levinas, en “la otra orilla”, en la posición del otro para visualizar, por vez primera o quizá de manera necesariamente reiterada, que es tiempo de un nuevo proyecto civilizatorio.
México y el mundo es el nombre con el que ha aparecido la columna con la que Juan María Alponte ha ofrecido una mirada serena, pero implacable, en torno a las cuestiones de mayor calado de nuestro tiempo. Su lectura es obligada en el aún árido panorama de la opinión pública en nuestro país.
Recuerdo que siendo su alumno en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, nos hizo una generosa invitación a varios de sus estudiantes a visitar su casa; fue ahí en donde conocí a Giordano Bruno, gigante del pensamiento moderno y que por cierto, en esa época, dio también nombre a uno de sus espléndidos gatos.
De quienes ahí estuvimos, no hay nadie que no reconozca en Alponte a un verdadero educador, y a un extraordinario maestro; su erudición y dominio de varias lenguas hacen de él el mejor de los charlistas, no sólo por lo que sabe y dice, sino precisamente por su disposición de hablar y darse a través del más preciado de los dones humanos: el lenguaje.
La escritura de este hombre contiene, como gustaba en llamarles el filósofo Eduardo Nicol (otro hombre sabio), Palabras Mayores. En sus textos el Verbo fluye, renace y se reconcilia en distintos momentos de maravillosa dialéctica.
La alocución latina Scripta manent, asume toda su dimensión en la obra de Alponte, porque sus palabras están articuladas para perdurar, si es que encuentran, y eso ya es decisión de cada uno, lectores con el talante para asumir la responsabilidad de dialogar y de completar la dialéctica del logos, en la lectura sí, pero también en la reflexión y la nueva escritura a fin de construir pensamiento nuevo.
Alponte ha arrojado luces —y sigue haciéndolo— que nos permiten vislumbrar mejor a nuestro país, en el contexto del logos que orienta y determina a nuestra civilización. Y es la posesión, la comprensión y la capacidad de expresar tal logos, lo que hace de Juan María Alponte, uno de los hombres sabios de nuestros días.

domingo 19 de diciembre de 2010

CONACULTA y su encuesta de 7 millones. Periódico La Crónica

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Saúl Arellano. Opinión. Domingo 19 de Dic., 2010
http://www.cronica.com.mx/notaOpinion.php?id_nota=550889

Que los mexicanos leemos poco ya lo sabíamos. Que tenemos una cultura raquítica, también. Que el capital cultural escolar familiar es ínfimo no es noticia, pues desde que en 2007 el Instituto Nacional de Evaluación de la Educación (INEE) presentó su estudio sobre rendimiento escolar sabíamos que los mexicanos tenemos muy poco acceso a actividades culturales de calidad.

México es el país de la OECD que tiene menos museos per capita; menos bibliotecas públicas per capita; la menor cantidad de escuelas de educación media superior y superior per capita; los más bajos niveles de rendimiento escolar y los más bajos niveles de comprensión de la cultura.

Una nueva encuesta sobre este tema será siempre bienvenida, porque permite verificar y generar evidencia en torno a la insuficiencia de las políticas públicas que existen en materia de promoción cultural, acceso a bienes y servicios culturales, así como programas y acciones específicas para fomentar la lectura, el conocimiento de la música, la apreciación y el disfrute del arte, entre otras actividades de formación y crecimiento personal.

Conaculta pagó más de 7 millones de pesos –de acuerdo con la información pública disponible- a fin de levantar la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales, 2010, cifra ya cuestionable porque la comunicación que ha hecho la institución sobre el tema hace que se dude de la calidad y alcances de la información recabada a través de la citada encuesta.

Dice el sitio oficial de Conaculta: “Se llevaron a cabo 32 mil entrevistas, mil por estado, superando el número de entrevistas y el rango de edad de la población entrevistada en la encuesta del año 2003”.(www.conaculta.gob.mx, consultado el 17-12-210)

Esta información llama de inmediato a duda, porque toda persona que tenga conocimientos mínimos de estadística sabe perfectamente que una muestra representativa no puede tener una dimensión similar para tamaños de población diferentes; es decir, si una entidad tiene 15 millones de habitantes y otra llega apenas al millón, no es posible aplicar el mismo número de cuestionarios en un ejercicio estadístico.

Así, no tendría sentido construir una muestra de 32 mil cuestionarios, a fin de aplicar mil cuestionarios en cada entidad federativa, pues no es lo mismo el Estado de México que Nayarit, Tlaxcala, Campeche o Baja California Sur, las cuales, sumando su población, no llegan ni al 50% de la que tiene el primero.

El segundo tema que llama a duda es por qué se tomó como unidad de análisis (denominado como “marco-muestral”) a las secciones electorales del IFE. ¿Por qué si el criterio de integración de las secciones electorales es la presencia de 50 a 1,500 electores (personas mayores de 18 años), y la unidad de respuesta de la encuesta de Conaculta es toda persona mayor de 13 años, no se eligió mejor como unidad de análisis a las Áreas Geo-estadísticas Básicas (AGEB)? Es pregunta.

Así pues, la nota metodológica de la Encuesta sostiene que se consideraron 3,200 secciones electorales, y se aplicaron 10 cuestionarios en cada sección. Pero si se aplicaron, como dice la información oficial del Conaculta, mil cuestionarios por entidad, ¿cómo es que se sostiene que se aplicaron encuestas por sección de acuerdo con la probabilidad proporcional a su tamaño? Es decir, si esto fuese cierto, no podrían haberse aplicado mil cuestionarios por entidad, sino una cantidad proporcional a su dimensión poblacional.

Por ejemplo, Campeche tiene dos Distritos Electorales Federales. En el primero, hay 255 secciones electorales; en el segundo hay 238 secciones. En contraste, el Estado de México tiene 40 Distritos electorales (20 veces más que Campeche), que en conjunto integran a 6,364 secciones electorales; ¿cómo pues justificar el levantamiento de mil cuestionarios en cada una de las entidades, con estas magnitudes en las diferencias? Nuevamente, es pregunta.

Si el comunicado de Conaculta es erróneo y no se levantaron mil cuestionarios por entidad, entonces lo inaceptable es el enorme descuido en el manejo de la información institucional, en un tema que es tan importante y serio para el país; es decir, si ni un comunicado se puede redactar bien en la tendencia responsable de la cultura en México, definitivamente estamos en problemas.

Si por otra parte efectivamente el levantamiento de la encuesta está basado en una distribución de mil cuestionarios por entidad, alguien debería avisarle a Consuelo Sáizar que los 7 millones de pesos que se pagaron por la multicitada encuesta puede ser una suma muy mal gastada, pues metodológicamente resulta muy difícil aceptar que una muestra se diseñe sin tomar en cuenta un criterio elemental de distribución proporcional de los cuestionarios que se aplican.

Tal vez lo que ocurre es que en la dependencia encargada de la cultura en México su personal se ubica entre el 57% de los mexicanos que nunca han acudido a una librería, o bien, entre el 79% que nunca ha comprado un libro en su vida.

Empero, no hay que hacer mucho caso de lo anterior; a final de cuentas, mientras no nos aclaren si los 7 millones de pesos invertidos en la encuesta de donde provienen estos datos valieron la pena, cualquier especulación carece de todo sentido.

domingo 12 de diciembre de 2010

La violencia es el fracaso de todos. Periódico La Crónica de Hoy

Saúl Arellano. Opinión
Domingo 12 de Dic., 2010
http://www.cronica.com.mx/notaOpinion.php?id_nota=549598

Lo ocurrido esta semana en Apatzingán y Morelia, en el estado de Michoacán, constituye no ya un punto de inflexión, sino de quiebre en la estrategia de seguridad pública en el país.

En los últimos años se ha dado un intenso debate en torno a si la estrategia de combate al crimen organizado es la adecuada, y justamente en esa forma de plantear el problema se encuentra el fracaso anticipado del desarrollo de las estrategias.

El gobierno de Calderón se equivocó desde el inicio de su mandato al haber asumido que la estrategia nacional de seguridad pública debía reducirse al combate al narcotráfico; así, sin diagnóstico adecuado, sin una estructura de inteligencia y peor aún, sin consenso con todas las fuerzas políticas, el Ejecutivo nos sumió en una absurda espiral de violencia sin precedentes.

Hacer de la lucha contra el crimen organizado una bandera política es el mayor error que haya cometido Calderón en su administración. Intentar construir con las armas la legitimidad que no obtuvo en las urnas le va a costar el fracaso de su sexenio, como ya comienza a percibirse no sólo en los círculos críticos, sino en el ánimo generalizado de desesperanza de la ciudadanía.

La estrategia de seguridad pública debió plantearse como un problema de cohesión social, y no exclusivamente delincuencial. Al crimen del orden común y al organizado se le combate también con educación, solidaridad, empleos dignos, proyecto de desarrollo, y no sólo con balas que terminan asesinando a criminales, pero también a niñas y niños inocentes como ha ocurrido a lo largo y ancho del país.

Se ha llegado al absurdo de medir la eficacia de la guerra que estamos viviendo en términos del número de “bajas” de uno u otro bando, e insistiendo en los comunicados oficiales que los muertos, en su inmensa mayoría, son delincuentes; como si eso redujera la barbarie que implica asumir que es positivo matar, aun cuando se trate del peor de los líderes de las bandas delincuenciales.

El debate nacional que debiera asumirse no es si la estrategia de guerra que se sigue es la adecuada; es que nunca debimos llegar a tal situación. La guerra, decía Tzun Tzu, es en todo caso un grave error; pero es peor no estar preparado para cuando ésta acecha; y eso es precisamente lo que ocurrió en México.

Calderón y sus asesores se han equivocado en casi todo en este aspecto. Por ejemplo, más allá del debate de la legalización de las drogas, lo que debió generarse era una intensa estrategia de prevención y reducción de las adicciones. Abatir el consumo significa abatir la oferta y con ello disminuir las capacidades de los criminales.

Al contrario de esto, la última Encuesta Nacional de Adicciones revela que en los últimos cinco años el consumo de mariguana y cocaína creció exponencialmente; que el abuso del alcohol también se disparó y que se redujo significativamente la edad de inicio en el consumo de todas las drogas.

La Encuesta Nacional de Violencia en las Relaciones de Noviazgo muestra que más del 60% de las jóvenes en México han sufrido violencia durante el noviazgo. La Encuesta Nacional de Discriminación, Intolerancia y Violencia en Educación Media Superior indica que más del 70% de los jóvenes mexicanos vive con altos niveles de estrés; y el más reciente estudio de Unicef sobre violencia en la educación básica nos muestra un panorama desolador de agresión y violencia desde la niñez.

Calderón ha intentado explicar su estrategia de combate a la impunidad y la corrupción —el otro cáncer asociado a la delincuencia—, sosteniendo que “las escaleras se barren de arriba hacia abajo”. El problema es asumir que hay que barrer cuando la casa está en llamas y en camino de derrumbarse.

Delitos como el de la trata de personas presentan un índice de impunidad de prácticamente el 100%; del total de los delincuentes detenidos, por cualquier delito, en menos del 15% de los casos los procesos judiciales llegan a las últimas instancias; mientras que casi uno de cada nueve delitos no son denunciados debido a la percepción generalizada en torno a que la autoridad es corrupta o ineficaz.

El Presidente está profundamente equivocado; ha abierto numerosos frentes que antes de beneficiarle, le han ganado animadversiones incluso en grupos que hace seis meses mostraban lealtad hasta la ignominia.

Cada vez más solo, Calderón comenzará sentir el agotamiento del poder, y dado su carácter explosivo, puede tomar decisiones extremas, erróneas y contrarias a toda vocación democrática y decidida a proteger los derechos humanos a costa de lo que sea.

El peor error que puede cometer el Presidente es seguir con su estrategia de polarización social, sobre todo porque la violencia criminal que se vive por todas partes está derivando muy rápidamente en violencia política.

Si el asesinato del candidato a gobernador en Tamaulipas y del ex gobernador de Colima en este 2010 no son alarmas suficientes, entonces quiere decir que, peligrosamente, al Presidente no le importa conducirnos a una violencia extrema, escenario que resulta a veces impensable, pero cuyas dimensiones deben exigirnos asumir que la violencia significa llanamente el fracaso de todos.